Esos besos

En la vida hay diferentes tipos de besos. Hay besos que no son relevantes, están esos que siempre recordarás, existen los que te hacen volar y luego está ese… ese que me diste esa noche, ese que me hundió hasta el infierno y que luego me arrastró un poco más allá.

Ese beso que solo me recuerda que soy culpable, que me equivoqué.

Ese beso que me dice que corrí a ti, que no lo pensé dos veces y me vestí para ti.

El que me rompe porque me obliga a admitir que llamaste y fui, que cuando recibí tu mensaje sentí nauseas.

El que me recuerda que hiperventilé cuando escuché tu voz en el teléfono.

El que me mata porque me obliga a admitir que no te puedo odiar por romperme el corazón.

¿Saben esas personas que se deprimen y lo usan para inspirarse? Eso jamás me pasa, conmigo el dolor solo se traduce en fingir una sonrisa en medio de una crisis emocional, en una risa falsa e incómoda cuando alguien dice “ustedes se aman” y me toca responder: “no, el me odia”… sin completarlo, por supuesto, porque quién carajo quiere admitir que está enamorado de alguien que no siente lo mismo.

Odio ese estúpido beso que me dice que estábamos destinados a ser felices, a estar juntos y ser estúpidamente felices… pero lo hicimos mal, o lo hice mal, o todo salió mal y ya que carajo.

El que me aterrizó en el hecho de que jamás serás mío, y que además me recuerda que a ti eso no te afecta.

Ese beso que me dijo que no te vas a levantar un día arrepintiéndote de no haber peleado por esto.

El que me hace admitir que no me vas a perder, que es posible que me pase el resto de la vida guardándote una silla en mi futuro. Silla que, por cierto, tengo claro que jamás vas a querer.

En fin, lo que me revienta no es el beso, es que me llevó al infierno, que me hizo respirar por menos de un minuto, que me dio una noche de sueño, solo para matarme a la mañana siguiente con un “ahora sé que no significas nada”.